domingo, 14 de agosto de 2016

La crisis de la Iglesia: un suicidio acompasado



Por Diego de Mora


 A todo hombre que tenga la desventura de vivir en la Posmodernidad —y sobre todo, el infortunio de percatarse de tan desgraciado hecho; pues, créanme, no es del todo agradable vivir en una sociedad cuyo modus vivendi resulta sobremanera insuficiente de cara a las pretensiones propias—, le habrá sido dificultoso, cuando no imposible, desasirse de los patrones culturales y vitales que se le ofrecen. Y si lo es para el hombre, también para la Institución.

 Es indudable que la Modernidad —entiéndase por tal término, el sistema civilizatorio derivado del triunfo del liberalismo— ha descargado sus embates contra dos instituciones: la Familia y la Iglesia. No pararemos aquí y ahora en explicar las estrategias de ataque que se esgrimen en su contra. Sobre aquello ya hay escrito. Nos limitaremos a afirmar que son objeto de asalto.

 Ser antimoderno es una cuestión de dignidad. Muchos católicos quisiéramos que la Iglesia retomara los tiempos y rumbos preliberales. Pues la Iglesia no ha sabido leer su papel en el mundo moderno.

 Decía el Venerable Bartolomé Holzhauser que la historia de la Santa Iglesia tenía forma de arco. Diferentes etapas. Algunas crecientes, en auge; otras lisas, de estabilidad. Y las últimas dos, decrecientes, de decadencia. El momento en que la Iglesia abandona la planicie para lanzarse, descontrolada, al suicidio es la coronación, en la catedral de Notre Dame, de Napoleón, en diciembre de 1804. La ceremonia vino a simbolizar la entronización del Hombre. Su desafío y aparente victoria sobre la Autoridad Divina, papal. Toca dicha ruta suicida su culmen, como saben, con la inauguración del Concilio Vaticano II, en 1962.

 Hilan más que nunca al caso de toda esta espiral nihilista posconciliar los sucesos últimos. Ataques terribles contra la Iglesia en las últimas semanas evidencian la situación. El saldo es barbárico: dos sacerdotes asesinados, un templo demolido para levantar, en su emplazamiento, un aparcamiento y decenas de mártires en el Oriente Próximo. La respuesta de la Santa Sede, ninguna. Nada. Lloriqueos, movilizaciones virtuales, homenajes públicos, etc.: política inútil, estéril, que a nada conduce. Ni una respuesta contundente. Ni un solo contacto, ni un atisbo de presión diplomática sobre la teófoba República francesa para impedir la demolición de Santa Rita. Ni una sola condena frente a los atentados. Ni un solo documento explicando las verdaderas razones ocultas, la ferocidad capitalista tras aquello que ellos llaman refugiados. Nada. ¡Basta ya!

 Escribo estas líneas para ponerlas en relación con mi última experiencia litúrgica y aquello de que la Iglesia no ha sabido leer su papel en el mundo moderno.

 Discúlpenme la digresión. Desde que era un crío, vengo veraneando en mi patria chica, en Santander. Ya presuponen ustedes, por el objeto de este escrito, que un sujeto como yo debe ser un tipo inactual. Detesto fundirme en el vulgo, vaciarme en él. Pasar las horas en la playa, comprar compulsivamente, almorzar en restaurantes lujosos y otras actividades superficiales propias de les vacances. Cuánta razón tenía Unamuno cuando afirmaba aquello de que «el lujo estalla en las sociedades enriquecidas pero hundidas en ociosidad espiritual».

 Al caso: el jueves pasado fue un día de aquellos que los burgueses llaman malo. Cielo encapotado, lluvia intensa y algún trueno de más. Yo, amante de los momentos melancólicos, salí la tarde a la calle. A ver qué quedaba de la ciudad que vieron los ojos de Menéndez Pelayo. Dieron a parar mis piernas en la parroquia de la Anunciación. De estilo renacentista, justo enfrente de la Catedral. Eran las ocho de la tarde. El portón estaba abierto y me dispuse a entrar.

 La misa transcurrió en la aburrida monotonía de cualquier burda misa posconciliar. No presté mucha atención a la liturgia apocada, salvo en la lectura de los Santos Evangelios y al recibir el Sacramento de la Comunión. Siempre que escucho misa, por alguna razón, me asalta la convicción de que urge rescatar la liturgia tridentina. Una liturgia solemne, espiritual. Que permita al alma adueñarse de sí misma y tocar, por momentos, su propia divinidad. ¡Ay del que sea incapaz de vivir tales momentos!

 No así, mi sorpresa advino cuando, de repente, tras recibir la bendición del cura, las luces se apagaron. El interior del templo quedó todo a oscuras, salvo por una vela que iluminaba en la hornacina del retablo la imagen de la Virgen. El sacerdote dio media vuelta, y como antes se hacía, entonó el Salve Regina. En latín. Los fieles cantamos la oración, y nuestras alabanzas se tornaron en un tono místico, profundo, ascético. Grata sorpresa la mía. Había encontrado los momentos de refugio espiritual que tan desesperadamente buscaba.

 Decía unos párrafos atrás, antes del exabrupto, que la Iglesia no ha sabido leer su papel. No ha sabido leerlo porque aún no ha hecho el diagnóstico correcto de la Modernidad. Me explico. La Iglesia es una institución inactual. Para los menos. El mundo moderno se levantó en su potencia contra la Iglesia, contra sus valores. Los más íntimos. La aborrece, pretende destruirla. El mundo moderno está llamado a triunfar. Ha triunfado.

 Vivimos, claro es, una época en que la antigua escala de valores ha sido subvertida. Vivimos una época disolutoria, en que las relaciones orgánicas comunitarias están siendo disueltas. Eliminadas. Entre ellas, la relación del hombre con Dios. Una época de primacía de los valores materialistas, comerciales. De mercantilización de la vida comunitaria. En todas las esferas. Siguiendo siempre la lógica liberal. La fuerza, autoridad e influencia de la Iglesia se han visto diezmadas como nunca antes. Es un trance insólito. La Iglesia se ha separado del pueblo, y no va a volver a él. Salvo que...

 El Concilio Vaticano II trajo consigo la prostitución de la Iglesia. Fueron prostituidos, vendidos los valores y formas tradicionales. Valores y formas que, hasta la entronización napoleónica, moldearon la configuración civilizatoria de la Cristiandad. Y al subvertirse los valores tradicionales, la Iglesia quiso subvertir también los suyos. Siguiendo el adagio darwiniano «adaptarse o perecer», quiso hacerse al mundo moderno. Fatal error.

 La Iglesia se ha deshecho de los patrones tradicionales: ha banalizado elementos y ritos tan íntimos, tan profundos, sagrados como la Eucaristía al negar la transubstanciación, la presencia de Cristo en la Comunión, que es el Corpus catholicae.

 La Iglesia no ha comprendido que la Revolución liberal, cuya columna fue la religiosa de Lutero, iba dirigida contra ella. Que la subversión de los valores católicos era un ataque directo y sin contemplaciones contra ella. Que los nuevos valores, los modernos, son antagónicos a los nuestros.

 La Iglesia ha querido ser aceptada en una sociedad inaceptable. En un mundo que ha hecho burla del Catolicismo. Y la aceptación, dadas las circunstancias, supone vaciamiento doctrinal y espiritual. Titulaba este escrito suicidio acompasado porque el de la Iglesia, si insiste en estas sus nuevas rutas, es un suicidio que marcha al compás de la espiral nihilista, disolutoria de nuestra época. Tiempo ha que la Modernidad se condenó al suicidio. Cosa nuestra es dejarnos arrastrar por la corriente mortal o enrocarnos en la resistencia más dura.

 La Iglesia ha de ser conductora, pastora de almas. Jamás descarrío. La Iglesia ha de ser el último refugio espiritual de Occidente. El último bastión de resistencia frente a la ruina moral generalizada, hecha ley. Tamaño deshonor sería lo contrario. Y antes prefiero la derrota que no la humillación. ¡Éste es su papel: la ruda resistencia!

 Porque la historia es lineal, y acabará en el momento en que el número de almas elegidas para la Salvación sea completo. Porque Dios no busca a los más, sino a los limpios. Porque Dios no busca a los muchos, sino a los electos.

 Y el que quiera oír, que oiga. Y el que quiera entender, que entienda.