sábado, 10 de septiembre de 2016

Entrevista a Juan Mª Fdez. Krohn (II)


P.¿Qué razones quedan para el patriotismo? ¿Qué es para usted la patria?
R. La patria para mi lo es todo. Iría a decir unidad de destino en lo universal, una fórmula muy manida, un poco desgastada y efectivamente criticada por vacía. La patria es unidad; la patria es el pasado que nos mueve, el pasado que no pasa; la patria es la proyección hacia el futuro. La patria es mi religión. Mi fe. Sin patria dejamos de ser lo que somos.

  Yo lo proclamé los años que estuve encerrado. Evolucioné —es algo natural en el ser humano—, pero no renuncié, no claudiqué ideológica o mentalmente por presión del ambiente, como ocurrió aquí en mis tiempos universitarios. Me fui a Bélgica y seguí escribiendo en español, y la prueba es que el público que me lee es español. He tenido serios problemas en Bélgica, judiciales incluso, por asumir mi pasado español. Cuando todavía estaba en pleno auge el problema etarra, yo ataqué, acusé lo que llamaba el santuario de la E.T.A. en Bélgica, por lo que pagué caro. Los etarras encontraron refugio. Hubo etarras reclamados por la Justicia española que no consiguieron ser extraditados porque la Justicia belga se opuso, pues acabaron recibiendo la nacionalidad belga. Era un santuario creado en cierto modo por el propio Estado belga con la complacencia de la comunidad inmigrante española de los años sesenta. No tuvieron valor nunca, al menos hasta el 11 de marzo, cuando hubo una misa en un barrio de las afueras de Bruselas, iniciativa del alcalde flamenco de la localidad, en la que participaron masivamente los españoles. Nunca hubo en Bélgica el menor testimonio de protesta por parte del colectivo español en Bélgica contra el fenómeno de la E.T.A.. De hecho, estos etarras de los que hablo encontraron refugio en los barrios españoles de la periferia de Bruselas.Nunca lo denunció nadie; pero yo he vivido allí treinta años y fui testigo de aquello. 

P.¿Cuál es la situación actual en Bélgica entre valones y flamencos?
R. En España siempre se tuvo la imagen de Bélgica como un Estado artificial. Creado por las grandes potencias en el primer tercio del s. XIX. Es verdad hasta cierto punto. Hubo efectivamente una intervención de las grandes potencias, pero no se debe olvidar que el basamento territorial de dicho estado se lo dieron los Países Bajos hispánicos, también llamados Países Bajos Católicos o del Sur, es decir, la parte que siguió perteneciendo a España después del Tratado de Westphalia hasta el de Utrecht. Pasó entonces al dominio austríaco, que actuó como un poderavientes de la soberanía española en los Países Bajos Católicos. Bélgica es de algún modo un Estado artificial, pero no deja de ser un país de pasado hispano.

  Mi interlocutor y yo llevamos cerca de una hora parlamentando. Intento romper el hilo de la conversación con una brutal digresión. Le pregunto sobre la existencia de Dios y el sentido de la religión. Su reacción parece brusca. «Prefiero soslayar ese tema. Es un problema de conciencia individual», responde.

  No cejo. No aún. Sigo intentando que responda a esta pregunta, sin duda la más malintencionada que le puedan hacer a un exsacerdote. Insisto sacando a relucir la importancia de la espiritualidad como parte connatural al hombre. Por fin se lanza a hablar: «Soy un poco como Nietzsche. Algunos le describieron como un autor posteológico. Era hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de pastores protestantes. Había recibido una educación teológicamente muy sofocante. Y en un momento dado de su vida, rompió con toda esa tradición teológica. Me ocurrió algo así. El Dios de la Biblia no me dice nada. Negar o afirmar la existencia de Dios es un tema de fuero interno que prefiero no tratar. Un Dios que nace y renace, como sostenía Nietzsche en sus obras, no me parece escandaloso, sino más bien poético. Me parece que arrastra una fuerza de convicción y una belleza poética indudables».

P.Usted se mostró crítico en multitud de ocasiones con la doctrina del arzobispo Marcel Lefèvre. ¿En qué consiste la doctrina lefevriana y por qué la criticó?
R. Yo fui lefevriano. En un momento dado, rompí por todo lo que he explicado. Monseñor Lefèvre defendía una Tradición que a partir de un momento de mi vida comprendí, era una Tradición muerta. No merecía la pena seguir defendiéndola.

  Yo hago siempre una comparación entre Lefèvre —lo digo en alguno de mis escritos— y el ermitaño del Zaratustra que encuentra Nietzsche deambulando por la montaña. Tiene con él un diálogo bastante divertido, amistoso, sin acrimonia ni hostilidad alguna; y cuando se separan, dice una frase muy acertada. Zaratustra era una imagen del mismo Nietzsche. Cuando deja de hablar con el viejo ermitaño y marcha, dice: ¡Cómo es posible que este hombre aún no se haya dado cuenta de que Dios ha muerto! ¡Cómo era posible que un hombre como Lefèvre no se hubiera dado cuenta todavía de que la Iglesia que defendía había muerto!

P.— ¿Cree que la Iglesia es cómplice y partícipe de la Modernidad?
R. Se ha arrodillado delante de la Modernidad. Es claro.

P.En multitud de ocasiones la prensa ha dicho que era usted un sacerdote ultraconservador, fanático e integrista. ¿Qué respondería ante esas acusaciones?
R. Fui más fanático que otros fanáticos de extrema-izquierda, por ejemplo. He dado muestras de apertura de espíritu mucho más evidentes que otros que niegan ser fanáticos. El simple hecho de haber dejado de lado mi trayectoria católica integrista, en la que nací y crecí es una muestra de apertura. De evolución.

P.—¿Cuál es el referente intelectual o el teólogo por excelencia dentro del integrismo católico? Se habla siempre del integrismo islámico sin ningún pudor; el integrismo cristiano ha quedado relegado al Medioevo...
R. Sí. Te daré un nombre: Joseph de Maistre. Es un autor interesante. Tiene sus limitaciones; pero también cierta actualidad desde un punto de vista ideológico. Tiene una frase ilocalizable en su obra textual que se cita siempre y en la que habla del veneno oculto en los Evangelios, el veneno judeocristiano oculto en los Evangelios; un veneno subversivo.

  De Maistre fue un espíritu abierto en su juventud. Su juventud coincidió con los años que precedieron inmediatamente a la Revolución. Él abrazó el espíritu de Las Luces llegando a ser miembro de sociedades masónicas prerrevolucionarias. Se desata la Revolución y en él se produce una toma de conciencia brutal. Llegó a la convicción de que la Revolución francesa tenía un fondo cristiano, léase judeocristiano. Una idea que, después, retomaría Nietzsche. En El Anticristo habla de la chandala —una expresión del sánscrito que quiere decir los «bajos fondos» o la «hez social» del Mundo Antiguo—, donde, según él, germinó el cristianismo, el judeocristianismo. Una religión de subversión, de bajos fondos que puso en peligro y acabó dando al traste con la magnífica construcción del Imperio romano.

  Una idea hermana, asimilable a la de De Maistre. Se llevó a la práctica en el Concilio Vaticano II. La Iglesia despertó con una nueva religión, una nueva fe; nueva hasta cierto punto. En el fondo era lo que De Maistre decía: ese poso subversivo, marxista por anticipación dos mil años antes de que surgiera el marxismo—, que echó a flote con el Concilio Vaticano II. Lo que De Maistre llamaba el veneno oculto en los Evangelios.

  Le interrumpo. «Puede resultar contradictorio. De Maistre era un integrista católico. Son ideas antitéticas». «Efectivamente —prosigue—, hay una cierta antítesis. Él fue católico hasta el final. En sus años de embajador en San Petesburgo, en la corte de los Zares, buscó y estuvo a punto de conseguir la conversión del Zar Alejandro I al catolicismo romano. Pero su Iglesia era la Iglesia del orden moral. Maurras la llama así. Una Iglesia que entró en crisis con la Revolución francesa y murió oficialmente con el Concilio Vaticano II».

P.Se dice que usted ha formulado la teoría de la guerra de los ochenta y tantos años. ¿Sigue abierta la herida de la vorágine fratricida del '36? ¿En qué formas se manifiesta hoy día?
R. La guerra de los ochenta y tantos años es una expresión de mi propia cosecha y viene a ser, como lo explico y defino en Guerra del ‘36 e indignación callejera, la interminable Guerra del ‘36. Que no ha terminado aún. No hubo ni tratado de paz con el bando vencido ni armisticio o algo parecido; ni siquiera acta de capitulación, como suelen terminar las guerras civiles. Hubo una paz de facto con el bando que triunfó dentro de la zona roja, en la pugna entre anarquistas, comunistas y socialistas, que se entregó a Franco rindiéndose; pero sin constancia alguna de rendición oficial. Uno de los bandos, el comunista, continuó la guerra por su cuenta en la II Guerra Mundial; volvieron a la carga con los maquis hasta finales de los cincuenta y se sucedieron lo que, tomándole prestado el término a la ciencia militar contemporánea, llamo guerra asimétrica: desde el primero de abril de 1939 se sucedieron en España períodos de bonanza y de violencia que eran en realidad formas de guerra asimétrica, de los cuales uno de ellos fue la indignación callejera que hizo estallido en la Puerta del Sol en el 2011, que venía a resucitar de alguna forma el 14 de abril de 1931. El antecedente inmediato de la Guerra civil española.

  A aquéllo llamo yo guerra de los ochenta y tantos años, en una analogía con las Guerras de Flandes. Los holandeses y los belgas las llaman Guerra de los ochenta años, una expresión inusual en Historia española; la historiografía española habla de Guerras de Flandes. Los ochenta años van desde el comienzo oficial de la guerra, cuando el Duque de Alba llega a Bruselas y ejecuta públicamente a los condes de Egmont y Horn, provocando la sublevación general del protestantismo y desencadenando una guerra declarada en Flandes, hasta el Tratado de Westphalia, que pone fin al mismo tiempo a las Guerras de Flandes y a la Guerra de los Treinta Años, la fase final de las guerras de religión. Llamo yo de la anterior forma a la Guerra civil española porque las Guerras de Flandes tuvieron sus fases de tregua —a veces incluso de veinte años— y de lucha abierta.

  La Guerra Mundial fue la continuación de la Guerra civil española, o si se prefiere a la inversa, la Guerra civil española fue la primera batalla de la Guerra Mundial, algo que defienden muchos historiadores. Y la Guerra Mundial fue el preludio de la Guerra Fría. Aquí, aquélla se prolongó con los maquis. Hubo una paz desde los cincuenta hasta los sesenta. A partir de los sesenta, se enrarece el tema y aparece la Revolución cubana, un resucitar de la Guerra civil española en la medida que los revolucionarios cubanos reivindicaban el espíritu de los vencidos. Castro acogió muchos exiliados españoles. Se puede decir, en cierto modo, que el castrismo fue una continuación de la Guerra civil. Viene después el Concilio y la mutación cultural de España.Y justo entonces, la eclosión de la violencia terrorista de la E.T.A.. La violencia etarra enlaza con la violencia de la Transición: entre 1968, cuando yo localizo dicha mutación cultural, y 1978, una fecha dada por Pío Moa en su libro La izquierda violenta. Llegamos ya al siglo XXI, una nueva fase de tregua hasta la eclosión de las Primaveras árabes y del fenómeno de la indignación callejera. Asistimos de nuevo a una guerra asimétrica, no en forma declarada pero sí en forma de violencia insidiosa que perseguía fines guerracivilistas. Los sucesores del 15-M reivindicaban claramente la vuelta al 14 de abril del 1931: la apertura de un proceso constituyente que hiciera tabla rasa de ochenta años de historia española y la instauración de una Tercera República.

P.Un tema de candente actualidad son las intentonas infantiloides de algunos catalanes por separarse del resto de España ¿En qué consiste, a grandes rasgos, la tesis que usted sostiene en su libro Cataluña en guerra?
R. El libro tiene tres líneas maestras. En la primera, de tipo histórico, resumo, destapo y saco a la luz un episodio rodeado de mil tabúes en la Historia española sobre la cuestión catalana: el episodio de la llamado Rebelión de los Segadores, que no lo eran en realidad. Eran burgueses desclasados en su mayoría por culpa de una sucesión de malas cosechas y calamidades que traen las guerras, como la de los Treinta Años, en regiones fronterizas como Cataluña con Francia, que estaba en guerra con España. Eran burgueses desclasados, agentes de la monarquía francesa muchos de ellos; franceses instalados aquí, a sueldo y bajo las órdenes del Cardenal Richelieu, regente del Reino y hombre fuerte de la monarquía bajo Luis XIII, el cual declaró oficialmente la guerra a España dos años antes de la Rebelión catalana. Había también disidentes religiosos, fundamentalmente protestantes y moriscos que habían sobrevivido al Decreto de Expulsión. Este conglomerado entró en subversión y llegaron al asesinato, con carácter ritual y totémico, del virrey de Cataluña, Dalmau de Queralt, de estirpe puramente catalana, de caballeros que habían participado junto a Jaime I en la toma del Reino moro de Valencia. Lo asesinaron salvajemente, comparable en circunstancias a la muerte del Coronel Gadafi. Ello creó el mito fundador del separatismo catalán. No fue la Guerra de Sucesión, contra lo que nos quieren hacer creer. Algunos la llaman Guerra de Secesión, de separación; otros, Revuelta catalana. Yo prefiero llamarle Guerra de Secesión, inmediatamente sucedida por la Guerra de Sucesión. Dichos hitos forman el hilo conductor de la historia reconstruida del catalanismo. Una historia de Cataluña que comienza a partir de 1640. Una historia reconstruida parcial y artificalmente; porque Cataluña existía de mucho antes. Falsa, además.

  La segunda línea es el protagonismo clerical, vaticano en la eclosión del separatismo catalán durante el s.XIX. El Pontificado de León XIII se había ilustrado de figuras como el obispo Borrás. León XIII pretendió firmar la paz con los ideales que habían triunfado en la Revolución francesa; enterró para siempre la vieja alianza entre el Trono y el Altar del Antiguo Régimen; y proclamó que, en lo sucesivo, no habría ningún problema en aliarse con las nuevas repúblicas surgidas de la Revolución francesa, más o menos abiertamente animadas por poderes masónicos. León XIII pasó a la historia como un Papa demócrata y liberal. Durante su Pontificado se incuban los separatismos catalán y vasco, como denuncia Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de Falange, en un libro que publicó en 1932, que el Vaticano le obligó a hacer desaparecer. Un libro llamado España y Vaticano, en donde se denuncia el protagonismo y la complicidad del Vaticano y de la Iglesia española en la incubación y la eclosión de ambos fenómenos, a través sobre todo del Colegio Español de Roma y la Cofradía de los Píos Operarios de San José, constituidos esencialmente por clérigos eclesiásticos vascos y catalanes. Tenían un sello clerical innegable.

  Llegamos a la Guerra civil y al protagonismo nefasto del cardenal Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, que reivindicaba el título de cardenal primado por ser Tarragona para la Iglesia catalana la sede primada de España, y no Toledo. Fue, de hecho, el hombre de confianza del Papa Pío XI. Antes de proclamarse la República, dicho cardenal tuvo agentes en la firma del Pacto de San Sebastián. En el momento de estallar la guerra, se pone del lado republicano. El Alzamiento en Barcelona fracasó, y ello llevó, junto al fracaso en todo el Levante, a que la Guerra se prolongase. De no haber fracasado en Barcelona, la guerra hubiera sido impensable; o apenas hubiera durado unos días o semanas. La responsabilidad histórica que arrastra Vidal i Barraquer en el desencadenamiento de la Guerra civil es abrumador, en la medida en que el fracaso en Barcelona se produjo dada la derrota en la batalla campal producida en las calles barcelonesas el 19 de julio del 1936. Por culpa de la actuación de la Guardia Civil catalana y sus mandos, el General Aranguren y el coronel Antonio Escobar. A las dos de la tarde, cuando las espadas estaban en alto en las calles de Barcelona, en una batalla campal entre los alzados y los anarquistas, los Mossos d’Esquadra y otras fuerzas del orden, Escobar, al mando de todos los destacamentos de la Guardia Civil en Cataluña, que se habían ido concentrando durante el día, avanzó por la Vía Layetana, y al pasar por delante del edificio de la Generalitat, donde arengaba a las masas Lluís Companys, se volvió hacia él, le saludó militarmente y dijo «a les seves ordres, President!». A partir de allí fueron a la Plaza de Cataluña y a la de la Universidad, donde estaban los principales reductos sublevados. Acabaron sofocándolos con una columna de más de mil hombres armados. El fracaso del Alzamiento en Cataluña fue culpa de la traición [o fidelidad, según se mire] de la Guardia Civil y de la Sede de Tarragona. El Papa Pío XI tardaría un año en definirse a favor de la España sublevada estallada la guerra. El cardenal está camino de los altares, completamente rehabilitado en el catolicismo, sobre todo catalán.

  La tercera es el fenómeno del éxodo rural de los sesenta. Y antes incluso, en los cincuenta. El éxodo rural que se produce desde Andalucía en dirección a Cataluña es masivo. ¿Por qué de Andalucía y por qué a Cataluña? ¿Por qué todos esos inmigrantes, una vez resolvieron sus problemas, mejoraron su posición y prosperaron, volvieron a sus tierras de origen? Unas preguntas que quedaron siempre sin respuesta y a las que doy una respuesta en clave guerracivilista. Andalucía tenía, efectivamente, un problema social antiguo; pero era la región de España donde la Guerra adquirió visos de guerra social, de lucha de clases, entre ricos y pobres. Tras la Guerra, esa masa de jornaleros que emigran hacia Barcelona, salen los vencidos de la Guerra civil. Arrastraron con ellos una memoria de vencidos que transmitieron a sus hijos y a sus nietos. ¿Por qué a Cataluña en vez de a Madrid, que estaba creando un gran cordón industrial en la periferia, o incluso a Zaragoza? Para ellos, Barcelona encarnaba el espejismo de la Cataluña de la Guerra civil, la que más duró contra la España sublevada. En los años ‘60, cuando tenía un desarrollo mayor que otras regiones, encarnaba las promesas de revancha de los vencidos. Fue un éxodo rural del tipo económico y, al mismo tiempo, político. Algo rodeado de tabúes durante décadas. Aquéllo explica que hoy el principal protagonismo del separatismo lo encarnen los descendientes de los emigrantes andaluces, lo que llaman despectivamente charnegos. Paradójicamente. Los charnegos, enemigos de Cataluña en su origen, acabaron siendo los abanderados principales de la causa independentista. Por ejemplo, la Diada transcurre por la Avenida Meriadana, una especie de eje de concentración de población inmigrante en Barcelona. O el hecho de que actualmente esté en el poder un partido como la C.U.P., integrado en gran parte por hijos de inmigrantes.

P.El Papa Benedicto XVI afirmó que los enemigos de la Iglesia estaban precisamente dentro de la Iglesia. ¿Algo que objetar al respecto?
R. Esa cita viene de mucho antes, de Pablo VI. Habló de la humareda de Satanás. Creo efectivamente que la Iglesia fue un bastión en defensa del orden y de la civilización durante siglos. A partir de la Revolución francesa claudicó, como lo ilustra el gesto histórico de Napoleón, que se hizo coronar en París por el Papa Gregorio VII; en el momento en que el Papa le iba a coronar Emperador, Napoleón le arrancó la corona y se la puso encima, una forma de decir que el que se coronaba era él. Que no necesitaba de la Iglesia o del Papa. Napoleón era la encarnación de dichos ideales ilustrados.

  A partir de ahí, la Iglesia se postró por razón de fuerza mayor al nuevo orden democrático. Quedaba, no obstante, un entramado institucional que entra en fase de delicuescencia con el Concilio Vaticano II. Pablo VI, como un eufemismo, dijo aquello para hacer tragar la píldora a los católicos del mundo entero. De darles a entender que el mundo había cambiado y la Iglesia y la religión, también. De otro modo habría renunciado.

P.— ¿Por qué oponerse al entramado marxista?
R. El marxismo nos viene a los españoles de la Guerra civil. Hubo muchas muertes, mucha sangre para ponerle freno. El marxismo era una nueva religión, cuestión de creencia. Algunos creyeron en ella; otros no creemos. Es una cosa irreductible. Hay actitudes en la vida que no se explican. Por qué algunos fuimos antimarxistas y otros marxistas es difícil de explicar. Son apuestas existenciales. Somos lo que somos. Semper idem.

martes, 6 de septiembre de 2016

Entrevista a Juan Mª Fdez. Krohn (I)


  Apasionado de las Letras, se dice que es un experto en Historia, Arte y Literatura de la época de la denominada guerra civil posespañola, y es ante todo famoso por haber intentado atentar contra el Papa Juan Pablo II en Fátima, Portugal, en el año 1982. Ha escrito sendos libros como ¡Yo acuso al Papa!, publicado por la editorial ATE, y otros cuatro publicados por la Editorial Círculo Rojo: El padre falangista de Francisco Umbral, Guerra del '36 e indignación callejera, Cantos de amor y de guerra civil y Cataluña en guerra.

P.¿Qué intereses filosóficos, religiosos, culturales tiene el joven Juan María? ¿Cuáles son sus afinidades políticas primeras?
R. Mamé la ideología de la España de entonces. Nací en el cuarenta y nueve, en pleno régimen de Franco. Desde niños se nos inculcó, a grosso modo, la ideología falangista-joseantoniana: ésas fueron mis coordenadas, mis parámetros ideológicos.

P.¿De dónde viene su segundo apellido Krohn?
R. Viene de mi bisabuelo materno, de nacionalidad noruega. Las raíces genealógicas del apellido Krohn vienen del norte de Alemania, de la época en que la región Schleswig-Holstein formaba parte del reino de Dinamarca. Mi bisabuelo Krohn era noruego, pero el apellido es danés. La toponima se trasladó a Noruega cuando ésta aún formaba parte del reino de Dinamarca, hasta principios del s. XIX. Siempre pensé que mi apellido Krohn era alemán; hoy creo que es bajoalemán, más bien danés.

P.Hoy en día resultaría chocante encontrarse a un joven que quiera ser cura. ¿Cómo descubre su vocación sacerdotal? ¿Qué estudió en su juventud?
R. Yo no nací pensando que fuera a ser cura; que iba renunciar a las mujeres, a llevar una vida normal. Hay que decirlo. La vida de un eclesiástico en la Edad Media, inmersa en la sociedad civil, era normal; en la actual es una vida aparte, una vida anormal, atípica en muchos aspectos, sobre todo en el plano sexual por culpa de la disciplina del celibato.

  Si se le puede llamar así, la vocación sacerdotal me la impuse al cabo del tiempo, cuando ya tenía la veintena. Comentábamos un poema durante la presentación de Cantos de amor y de guerra civil, un canto amoroso —para qué negarlo— dedicado a una fiel amiga mía de la Facultad con la que rompí por todo este proceso que me llevó al seminario, al que defino como un enroque psicológico e ideológico resultado de la mutación cultural que se produjo en la Universidad española entre finales de los sesenta y comienzo de los setenta; una mutación cultural que coincidió con el Posconcilio Vaticano II inmediato. De la noche a la mañana, la vida universitaria con la que yo convivía, cambió. Ideológicamente, los estudiantes se hicieron en su mayoría de izquierdas o de extrema-izquierda. En la Facultad de Económicas era un fenómeno fortísimo.

P.¿Intentó usted asesinar al Papa en Fátima?
R. Sí; hay que asumirlo. Lo asumo.

P.¿Qué acontecimientos le llevaron a ejecutar el intento de magnicidio? ¿Por qué razones?
R. Engarzando con la pregunta anterior, dicho enroque me llevó a apartarme del mundanal ruido. Yo era católico bautizado, criado en un medio católico como la mayoría de los españoles, y me di cuenta de que aquella mutación cultural venía en parte de la Iglesia. Fue una especie de reacción ingenua y desesperada por intentar poner remedio a ese mal que veía dentro de la Iglesia. Ello me llevó a comprometerme eclesiásticamente: la autodemolición de la Iglesia, la crisis interna de la Iglesia que siguió al Concilio Vaticano II, ilustrado sobre todo por una actitud ideológicamente filomarxista.

P.Si me disculpa por la osadía, ¿qué piensa un hombre en el momento en que se abalanza sobre una figura tan renombrada como lo fue el Papa Juan Pablo II?
R. Fue espíritu de sacrificio. Lo asumo. Lo hice así.

P.— ¿Se arrepiente?
R. No. Nunca lo hice. Quedé muy contento por que las cosas salieran así, por que no me manchara las manos de sangre y por que el Papa Juan Pablo II muriera muchos años después sin que yo tuviera nada que ver.

P.¿Cuánto tiempo estuvo encarcelado?
R. Estuve tres años y medio; y de resultas indirectas, en Bélgica, otros tres meses y medio también.

P.¿Por qué motivos decide abandonar el sacerdocio?
R. Me liberé. La noche en que ocurrió aquello en Fátima tuve un sueño muy plácido. Cuando me desperté me dio la impresión de que habían saltando en añicos dentro de mi cien prejuicios, cien a priori. Todo un corsé —ideológico en parte— que saltó en pedazos dentro de mi.

P.¿Por qué su autoexilio en Bélgica?
R.No tenía otro sitio donde ir. Fui administrativamente expulsado de Francia, de Suiza, de Portugal… En España me encontré con las puertas cerradas. Bélgica era, además, un país hispano.

P. ¿A qué se dedica actualmente Juan Mª Fdez. Krohn?
R. He hecho de todo en Bélgica. Trabajé de todo. Nunca tuve una situación estable, tampoco pude tenerla por culpa de mi pasado. Me persiguió siempre, sin parar. Obrero agrícola, mecánico, trabajos manuales diversos: todo ello me acabó dando derecho a una pensión. Ahora me ocupo en trabajos de investigación y literarios.

  La conversación pesa por su monotonía. «Ésta ha sido sustanciamente mi vida», concluye. Pasamos ahora a platicar sobre temas del espíritu, mucho más vastos y candentes.

P.¿Cómo se definiría ideológicamente?
R. ¡Qué difícil lo pones! Me arriesgo a definirme como un espíritu... (mi interlocutor se muestra dubitativo, como procesando informaciones pesadas. No acierta a decir palabra. Al fin, arranca). Iba a decir una fórmula francesa que en español tiene difícil traducción: antilumière. Las Luces, Les Lumières fue el espíritu que preparó la Revolución francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y la democracia. En el s. XIX se produjo una reacción contra todo aquello. A partir del Romanticismo —primeramente, el alemán—, en el s. XX se acabaría desembocando en fenómenos ideológicos como el nacionalsocialismo y el fascismo, la Falange en España y movimientos afines. Esos movimientos murieron, pero dejaron un poso que yo asumo.

P.Usted ha escrito un libro sobre el escritor Francisco Umbral, uno de los grandes olvidados. ¿Qué influencia ha tenido sobre su pensamiento?
R. Umbral fue para mi un problema. Ortega decía que Unamuno era para él un problema. Para mi, Umbral fue un problema, porque, desde que empecé a leerlo, hace ya muchísimo tiempo, entablé con él una especie de relación intelectual — nunca lo conocí— de amor y de odio. Leía a Umbral y me disgustaba, me llevaba berrinches; otras veces, de repente, leía cosas que me provocaban ataques de risa… Fue un fenómeno de lo más insólito, inédito en comparación con el resto de escritores en lengua española. Me propuse estudiarlo, leerlo a fondo. Aquel fue el punto de partida de una tesis doctoral que estuve preparando en Bélgica y que no pude defender por razones puramente ideológicas.

  Francisco Umbral simboliza, en mi opinión, una cohabitación forzosa entre las dos memorias antagónicas de la Guerra civil: Umbral fue un niño de derechas, como lo confiesa él mismo en el título de Memorias de un niño de derechas. Perteneció a una familia vallisoletana de clase media. Creció entre los estragos de la Guerra civil en Valladolid. Su familia estaba inmersa en la sociedad de la posguerra inmediata, marcada a fondo por el franquismo y la ideología falangista. Al lado de eso, Umbral arrastraba un problema existencial que salió a relucir al final de su vida: era oficialmente hijo de padre desconocido. Éso le produjo un auténtico problema existencial a medida que su propia madre nunca lo asumió del todo, es decir, nunca lo reconoció como tal. Le hizo pasar [a Umbral] por su sobrino. Le llevó a una situación sin salida cuando tenía once años. Su madre, para no descubrir el pastel de la filiación desconocida de su hijo, que había nacido el la Sierra de Madrid, se vio obligada a desescolarizarlo. A partir de los once años, hasta la adolescencia, Umbral fue un crío de la calle.

  Su madre ensayó vías didácticas alternativas, que en la España de entonces eran inusuales y problemáticas, con redes de enseñanza, clases nocturnas, etc. Pero, por su circunstancia, Umbral era un niño dejado en la calle, abandonado durante el día. Su madre marchaba a trabajar, lo dejaba en la biblioteca al cuidado de nadie. Todo lo anterior, le lleva a una experiencia atípica: el encuentro con el mundo de las minorías sociológicas, mayormente quinquis y gitanos que frecuentaban las orillas de los ríos vallisoletanos, el Esgueva y el Pisuerga. Umbral acaba en el río. Como dice en muchas de sus novelas: he ido al río, allí he pasado mi vida y fue donde encontré las minorías marginales. Ellos le inculcaron, por así decirlo, la otra memoria sobre la Guerra civil española. Su memoria propia, una memoria afín o asimilable por los vencidos. Estas dos memorias coexisten en el espíritu de Umbral: se trasluce en sus novelas sobre la Guerra civil, que yo llamo novelas guerracivilistas.

  En Bélgica, la Ley de la Memoria Histórica tiene fuerza vinculante. En España ésto se oculta, rodeado de tabúes. Pero de puertas para fuera, por encima de los Pirineos, la Ley de la Memoria Histórica tiene más fuerza vinculante incluso que aquí. En esa lógica, me vi imposibilitado de defender mi tesis, que preparé dedicándole mucho tiempo y esfuerzo durante más de dos años. Pero Umbral era heterodoxo en este punto. Defendía la memoria de los vencedores, de un niño de derechas, que en dicha ley es algo excluido, condenado, marginado.

P.¿Qué corrientes de pensamiento influyen en su forma de ver el mundo? ¿Algún escritor o filósofo preferido, aparte de Umbral, claro está?
R. Nietzsche. Recuerdo que, estando en las cárceles portuguesas, un recluso de izquierdas, a modo de broma y de desafío también, me dejó un libro de Nietzsche, tal vez el más transgresor, el más polémico de todos: El Anticristo. Recuerdo devolvérselo escandalizado; solamente por darte una idea de los a prioris que yo arrastraba sobre la figura y la obra de Nietzsche y que venían de mi tradición católica.

  Nietzsche, al contrario que Marx, no fue rehabilitado en el Concilio Vaticano II. Un filósofo francés, Gabriel Marcel, existencialista católico, acuñó una frase muy brillante, como todas las buenas frases francesas: «El Concilio Vaticano II olvidó dar una explicación a Federico Nietzsche como se la dio a Marx y a Freud». Nietzsche era un autor maldito. Fue condenado a título póstumo en los tribunales de Núremberg. Y desde ese punto de vista, la Iglesia, la cual se plegó al orden democrático mundial surgido de la Paz de Yalta, estaba en la imposibilidad moral de rehabilitar a Nietzsche como sí hizo con Marx y con Freud, que estaban en el sino de los tiempos.


Continuará...