martes, 6 de septiembre de 2016

Entrevista a Juan Mª Fdez. Krohn (I)


  Apasionado de las Letras, se dice que es un experto en Historia, Arte y Literatura de la época de la denominada guerra civil posespañola, y es ante todo famoso por haber intentado atentar contra el Papa Juan Pablo II en Fátima, Portugal, en el año 1982. Ha escrito sendos libros como ¡Yo acuso al Papa!, publicado por la editorial ATE, y otros cuatro publicados por la Editorial Círculo Rojo: El padre falangista de Francisco Umbral, Guerra del '36 e indignación callejera, Cantos de amor y de guerra civil y Cataluña en guerra.

P.¿Qué intereses filosóficos, religiosos, culturales tiene el joven Juan María? ¿Cuáles son sus afinidades políticas primeras?
R. Mamé la ideología de la España de entonces. Nací en el cuarenta y nueve, en pleno régimen de Franco. Desde niños se nos inculcó, a grosso modo, la ideología falangista-joseantoniana: ésas fueron mis coordenadas, mis parámetros ideológicos.

P.¿De dónde viene su segundo apellido Krohn?
R. Viene de mi bisabuelo materno, de nacionalidad noruega. Las raíces genealógicas del apellido Krohn vienen del norte de Alemania, de la época en que la región Schleswig-Holstein formaba parte del reino de Dinamarca. Mi bisabuelo Krohn era noruego, pero el apellido es danés. La toponima se trasladó a Noruega cuando ésta aún formaba parte del reino de Dinamarca, hasta principios del s. XIX. Siempre pensé que mi apellido Krohn era alemán; hoy creo que es bajoalemán, más bien danés.

P.Hoy en día resultaría chocante encontrarse a un joven que quiera ser cura. ¿Cómo descubre su vocación sacerdotal? ¿Qué estudió en su juventud?
R. Yo no nací pensando que fuera a ser cura; que iba renunciar a las mujeres, a llevar una vida normal. Hay que decirlo. La vida de un eclesiástico en la Edad Media, inmersa en la sociedad civil, era normal; en la actual es una vida aparte, una vida anormal, atípica en muchos aspectos, sobre todo en el plano sexual por culpa de la disciplina del celibato.

  Si se le puede llamar así, la vocación sacerdotal me la impuse al cabo del tiempo, cuando ya tenía la veintena. Comentábamos un poema durante la presentación de Cantos de amor y de guerra civil, un canto amoroso —para qué negarlo— dedicado a una fiel amiga mía de la Facultad con la que rompí por todo este proceso que me llevó al seminario, al que defino como un enroque psicológico e ideológico resultado de la mutación cultural que se produjo en la Universidad española entre finales de los sesenta y comienzo de los setenta; una mutación cultural que coincidió con el Posconcilio Vaticano II inmediato. De la noche a la mañana, la vida universitaria con la que yo convivía, cambió. Ideológicamente, los estudiantes se hicieron en su mayoría de izquierdas o de extrema-izquierda. En la Facultad de Económicas era un fenómeno fortísimo.

P.¿Intentó usted asesinar al Papa en Fátima?
R. Sí; hay que asumirlo. Lo asumo.

P.¿Qué acontecimientos le llevaron a ejecutar el intento de magnicidio? ¿Por qué razones?
R. Engarzando con la pregunta anterior, dicho enroque me llevó a apartarme del mundanal ruido. Yo era católico bautizado, criado en un medio católico como la mayoría de los españoles, y me di cuenta de que aquella mutación cultural venía en parte de la Iglesia. Fue una especie de reacción ingenua y desesperada por intentar poner remedio a ese mal que veía dentro de la Iglesia. Ello me llevó a comprometerme eclesiásticamente: la autodemolición de la Iglesia, la crisis interna de la Iglesia que siguió al Concilio Vaticano II, ilustrado sobre todo por una actitud ideológicamente filomarxista.

P.Si me disculpa por la osadía, ¿qué piensa un hombre en el momento en que se abalanza sobre una figura tan renombrada como lo fue el Papa Juan Pablo II?
R. Fue espíritu de sacrificio. Lo asumo. Lo hice así.

P.— ¿Se arrepiente?
R. No. Nunca lo hice. Quedé muy contento por que las cosas salieran así, por que no me manchara las manos de sangre y por que el Papa Juan Pablo II muriera muchos años después sin que yo tuviera nada que ver.

P.¿Cuánto tiempo estuvo encarcelado?
R. Estuve tres años y medio; y de resultas indirectas, en Bélgica, otros tres meses y medio también.

P.¿Por qué motivos decide abandonar el sacerdocio?
R. Me liberé. La noche en que ocurrió aquello en Fátima tuve un sueño muy plácido. Cuando me desperté me dio la impresión de que habían saltando en añicos dentro de mi cien prejuicios, cien a priori. Todo un corsé —ideológico en parte— que saltó en pedazos dentro de mi.

P.¿Por qué su autoexilio en Bélgica?
R.No tenía otro sitio donde ir. Fui administrativamente expulsado de Francia, de Suiza, de Portugal… En España me encontré con las puertas cerradas. Bélgica era, además, un país hispano.

P. ¿A qué se dedica actualmente Juan Mª Fdez. Krohn?
R. He hecho de todo en Bélgica. Trabajé de todo. Nunca tuve una situación estable, tampoco pude tenerla por culpa de mi pasado. Me persiguió siempre, sin parar. Obrero agrícola, mecánico, trabajos manuales diversos: todo ello me acabó dando derecho a una pensión. Ahora me ocupo en trabajos de investigación y literarios.

  La conversación pesa por su monotonía. «Ésta ha sido sustanciamente mi vida», concluye. Pasamos ahora a platicar sobre temas del espíritu, mucho más vastos y candentes.

P.¿Cómo se definiría ideológicamente?
R. ¡Qué difícil lo pones! Me arriesgo a definirme como un espíritu... (mi interlocutor se muestra dubitativo, como procesando informaciones pesadas. No acierta a decir palabra. Al fin, arranca). Iba a decir una fórmula francesa que en español tiene difícil traducción: antilumière. Las Luces, Les Lumières fue el espíritu que preparó la Revolución francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y la democracia. En el s. XIX se produjo una reacción contra todo aquello. A partir del Romanticismo —primeramente, el alemán—, en el s. XX se acabaría desembocando en fenómenos ideológicos como el nacionalsocialismo y el fascismo, la Falange en España y movimientos afines. Esos movimientos murieron, pero dejaron un poso que yo asumo.

P.Usted ha escrito un libro sobre el escritor Francisco Umbral, uno de los grandes olvidados. ¿Qué influencia ha tenido sobre su pensamiento?
R. Umbral fue para mi un problema. Ortega decía que Unamuno era para él un problema. Para mi, Umbral fue un problema, porque, desde que empecé a leerlo, hace ya muchísimo tiempo, entablé con él una especie de relación intelectual — nunca lo conocí— de amor y de odio. Leía a Umbral y me disgustaba, me llevaba berrinches; otras veces, de repente, leía cosas que me provocaban ataques de risa… Fue un fenómeno de lo más insólito, inédito en comparación con el resto de escritores en lengua española. Me propuse estudiarlo, leerlo a fondo. Aquel fue el punto de partida de una tesis doctoral que estuve preparando en Bélgica y que no pude defender por razones puramente ideológicas.

  Francisco Umbral simboliza, en mi opinión, una cohabitación forzosa entre las dos memorias antagónicas de la Guerra civil: Umbral fue un niño de derechas, como lo confiesa él mismo en el título de Memorias de un niño de derechas. Perteneció a una familia vallisoletana de clase media. Creció entre los estragos de la Guerra civil en Valladolid. Su familia estaba inmersa en la sociedad de la posguerra inmediata, marcada a fondo por el franquismo y la ideología falangista. Al lado de eso, Umbral arrastraba un problema existencial que salió a relucir al final de su vida: era oficialmente hijo de padre desconocido. Éso le produjo un auténtico problema existencial a medida que su propia madre nunca lo asumió del todo, es decir, nunca lo reconoció como tal. Le hizo pasar [a Umbral] por su sobrino. Le llevó a una situación sin salida cuando tenía once años. Su madre, para no descubrir el pastel de la filiación desconocida de su hijo, que había nacido el la Sierra de Madrid, se vio obligada a desescolarizarlo. A partir de los once años, hasta la adolescencia, Umbral fue un crío de la calle.

  Su madre ensayó vías didácticas alternativas, que en la España de entonces eran inusuales y problemáticas, con redes de enseñanza, clases nocturnas, etc. Pero, por su circunstancia, Umbral era un niño dejado en la calle, abandonado durante el día. Su madre marchaba a trabajar, lo dejaba en la biblioteca al cuidado de nadie. Todo lo anterior, le lleva a una experiencia atípica: el encuentro con el mundo de las minorías sociológicas, mayormente quinquis y gitanos que frecuentaban las orillas de los ríos vallisoletanos, el Esgueva y el Pisuerga. Umbral acaba en el río. Como dice en muchas de sus novelas: he ido al río, allí he pasado mi vida y fue donde encontré las minorías marginales. Ellos le inculcaron, por así decirlo, la otra memoria sobre la Guerra civil española. Su memoria propia, una memoria afín o asimilable por los vencidos. Estas dos memorias coexisten en el espíritu de Umbral: se trasluce en sus novelas sobre la Guerra civil, que yo llamo novelas guerracivilistas.

  En Bélgica, la Ley de la Memoria Histórica tiene fuerza vinculante. En España ésto se oculta, rodeado de tabúes. Pero de puertas para fuera, por encima de los Pirineos, la Ley de la Memoria Histórica tiene más fuerza vinculante incluso que aquí. En esa lógica, me vi imposibilitado de defender mi tesis, que preparé dedicándole mucho tiempo y esfuerzo durante más de dos años. Pero Umbral era heterodoxo en este punto. Defendía la memoria de los vencedores, de un niño de derechas, que en dicha ley es algo excluido, condenado, marginado.

P.¿Qué corrientes de pensamiento influyen en su forma de ver el mundo? ¿Algún escritor o filósofo preferido, aparte de Umbral, claro está?
R. Nietzsche. Recuerdo que, estando en las cárceles portuguesas, un recluso de izquierdas, a modo de broma y de desafío también, me dejó un libro de Nietzsche, tal vez el más transgresor, el más polémico de todos: El Anticristo. Recuerdo devolvérselo escandalizado; solamente por darte una idea de los a prioris que yo arrastraba sobre la figura y la obra de Nietzsche y que venían de mi tradición católica.

  Nietzsche, al contrario que Marx, no fue rehabilitado en el Concilio Vaticano II. Un filósofo francés, Gabriel Marcel, existencialista católico, acuñó una frase muy brillante, como todas las buenas frases francesas: «El Concilio Vaticano II olvidó dar una explicación a Federico Nietzsche como se la dio a Marx y a Freud». Nietzsche era un autor maldito. Fue condenado a título póstumo en los tribunales de Núremberg. Y desde ese punto de vista, la Iglesia, la cual se plegó al orden democrático mundial surgido de la Paz de Yalta, estaba en la imposibilidad moral de rehabilitar a Nietzsche como sí hizo con Marx y con Freud, que estaban en el sino de los tiempos.


Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario